-Es que nunca entiendo qué quiere. Entonces, me genera una sensación como de estar mirando una película. De necesitar seguir viendo porque estoy esperando esa anagnólisis mortal, esa revelación que cambia el rumbo de la historia. No se si se da cuenta o no, si lo hace de gusto, espero que no. Pero todo se vuelve puro misterio y, entonces, yo me siento a mirar y a esperar que pase algo interesante. Me siento a comer pop frente a la vida, como si la vida fuera una película.
-Ay, me encanta eso que dijiste. Lo de comer pop frente a la vida. Escribilo.
-Sí, me pasó lo mismo. Ya lo estaba anotando.
Eso fue una conversación que tuve con alguien, en algún momento de esta semana. Obviamente que no hablé tan poético, que todo está siempre adornado. Pero sí dije eso así como está escrito, lo de comer pop frente a la vida. Y en ese momento, me di cuenta por qué no había mirado tantas horas de series y películas en este año.
Este año me pelee con el cine. No había entendido demasiado por qué, pero toda la información me bajó con esa frase. Entendí, mientras decía eso, que mi problema es que siempre quiero comer pop frente a las situaciones. Cuando Guy Deboard hablaba sobre la sociedad del espectáculo, sobre esa tendencia espectacularizadora de los medios de comunicación, debería haber hablado de los medios de comunicación y de mí.
Porque de verdad, yo quiero que todo sea un espectáculo, yo escribo mejor cuando el cuaderno es más lindo. Yo me hago creer eso.
El lado B de la tendencia a transformarlo todo en una película es que, en efecto, la vida no es una película. El lado B es que uno se encuentra buscando, de forma constante, respuestas. Porque así funciona cualquier narrativa, cualquier historia que se está contando: a través de los escondites de información. Por eso historia y relato son ligeramente diferentes. La historia es lo que sucedió. El relato es cómo se cuenta de la forma más atractiva posible eso que sucedió, y ese proceso implica decisiones sobre en qué momentos se dan ciertas informaciones, relatar es ocultar información para revelarla en el momento justo. La muerte del personaje principal no es el final de Belleza Americana, es el principio. La pregunta se vuelve, entonces, cómo se llega a esa muerte, y ahí tenemos un nuevo final. Una nueva pregunta que nos hace carcomernos el cerebro, mientras comemos pop para aguantar toda esa ansiedad.
Lo importante es que la respuesta siempre llega. A veces clara, a veces más difusa. A veces contenta y a veces no, a veces es justa con la humanidad de sus personajes y a veces no. A veces no está y esa ausencia de respuesta es la respuesta, esa invitación a crear una respuesta.
Pero la vida, amigos, la vida es ligeramente diferente, y eso es triste. Y es probable que el storytelling sea el arte más viejo justamente por eso, porque las historias invitan a vivir durante unos segundos, minutos, horas lo que la vida no puede regalar. Las historias nos identifican con un personaje porque tienen un punto de vista, y de repente, cuando todo eso está bien narrado, nosotros somos ese personaje. Sentimos como ese personaje y sentimos su alegría y su dolor, y las líneas de diálogo que le hacen lagrimear nos hacen lagrimear a nosotros, y así, hasta que su vida se resuelve.
Y de repente, colorín colorado. De repente mirás a tu alrededor y las luces de la sala se prenden, y algunos espectadores respiran, otros aplauden, otros leen créditos, otros bajan enseñanzas a tierra, otros agarran sus mochilas y corren despavoridos a fumar un cigarro. Pero todos comparten algo, todos comparten el shock de estar nuevamente en este mundo, el horror o el alivio de estar nuevamente en este mundo.
Y de repente se preguntan algo y se dan cuenta de que no tienen una respuesta para eso, de que hace años que no tienen una respuesta para eso. Entonces, se enojan. Se enojan con que la vida no pueda ser una película, con que no venga un montajista a quedarse siempre con los mejores momentos y un guionista a escribir el diálogo que necesitan escuchar para que todo tenga sentido.
De repente, se sienten solos. Sienten que la vida del héroe es demasiado fácil porque todo se resuelve en un par de horas y que ellos no van a lograrlo en ese tiempo. Sienten que el mundo es injusto. Pero no, el mundo no es injusto. El problema es que la justicia no se mide entre papas y boniatos, que Harry Potter y vos no son en ningún sentido comparables porque la vida de Harry Potter es mentira.
Es una mentira que salió del mundo real, sí. Es una mentira que viene a dialogar con el mundo real, a regalar insights. Y no está mal, podés tomar esos insights. Podés quedarte con esa frase célebre de Albus Dumbledore que dice que no estamos donde estamos por nuestras capacidades sino por nuestras decisiones y utilizarla para algo, si te es útil.
Pero no con el relato entero. No sirve, no nos entra. Porque el relato es la historia puesta patas para arriba, y nosotros tenemos que conformarnos con la historia. Nuestra vida es una historia. No podemos transformarla en un relato y es por un motivo demasiado simple: nuestra vida no tiene espectadores. Y si la vida quiere transformarse en un relato, necesita espectadores que lo escuchen, y entonces llega Gran Hermano. ¿Esa es la vida que querés vivir?
Porque digo, de este lado, del lado de la historia, hay una vida mucho menos intensa y mucho más infeliz pero también hay felicidad y, yo lo sé, es demasiado corta y efímera pero es la única real. Y después, del lado del relato está la felicidad para siempre. Pero esa felicidad es posible solamente ahí, en una dimensión donde simplemente no existís. Y vos no parás, no parás de empecinarte con la idea de cruzar al otro lado de la pantalla, donde esas líneas de diálogo que vos te imaginás decirle a alguien reciben las respuestas exactas que querés. Ese mundo es feliz, ese mundo es imposible.
Así que, en serio. Soltá el pop y viví porque esto no es una película. Dejá de comer pop frente a la vida. Aceptá que hay cosas que no vas a entender nunca, y que nadie dijo nunca que las tuvieras que entender.


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