Hace unos días, estaba sacando la basura y tenía que tirar una botella de cerveza con el pico roto. El pico estaba roto porque me mudé hace poco y no tengo destapador. Entonces intenté varios métodos diferentes al del encendedor porque no encontraba un encendedor, inventados en el momento, que funcionaron pero terminaron en una pequeña rotura del pico de la botella.
Miré a Vicky. Le conté. Lo dilucidamos un poco. Hablamos de cosas científicas sobre el vidrio con propiedad que en realidad no sabíamos solo para tranquilizarnos desde la ignorancia y tomamos nuestra decisión. Decidimos tomar la cerveza inspeccionado los vasos previamente con atención, ante la posible presencia de vidrios. La cuestión es que no pasó nada y todo estuvo bien. Pero después sí pasó.
Fui a sacar la basura y, por un juego de basura, llaves, celular, tarjetas y botellas que no recuerdo muy bien cómo se coreografeó, terminé cortándome el dedo índice derecho con el pico. En la parte de atrás, justo en la articulación. Y fue profundo.
Entonces, miré mi dedo sangrando y pensé que esa herida era una mierda. Que no tenía historia. Me enojé con el mundo de los envases retornables. Intenté encontrar algún gramo de poética en Vicky y yo mirando vasos como dos científicos que miran tubos de ensayo. No la había, no la había en ningún lado. Pero después pensé con un poco más de lógica. Y en vez de seguirme preocupando por el potencial que tenía la herida para escribir sobre ella, decidí curarla. Porque era bastante grande.
De todas formas, mientras desinfectaba con agua oxigenada y oprimía para detener la sangre, esa cuestión me seguía molestando. Todas las heridas que alguna vez tuve en la piel tienen historias que adoro. Esta no tenía gracia. Si vas a ser así de profunda y quedarte en mi piel para siempre, deberías tener gracia. Si me permitís, te doy la bienvenida a este cuerpo contándote tres historias. Para que entiendas por qué vas a ser considerada así de aburrida.
MARCA 1: En algún lugar de mi cuero cabelludo
Mi madre se había ido a la peluquería y mi hermana y yo decidimos cocinar hamburguesas. Fritas, aprovechando que nadie iba a quejarse del olor a frito. Yo tenía doce años y mi hermana quince.
Nuestra cocina de hamburguesas y sonrisas congeladas (¿alguna vez pensaste, no? En lo siniestro de las sonrisas congeladas) iba perfecto. Hasta que mi hermana tiró una hamburguesa al aceite desde una altura un poco demasiado elevada. Nos quemamos. La cara. Un montón. Pequeñas gotas de aceite cayeron en nuestras caras y nuestros cuellos y nos hicieron pequeñas quemaduras no graves. Una de ellas era de tercer grado y la doctora dijo que había tenido suerte de no quedarme ciego. Podría haber tenido la suerte de no quemarme, le dije. Se rió.
Entonces, mi hermana y yo fuimos al liceo durante unas semanas siendo los hermanos quemados. Lucíamos como si tuviéramos una historia dramática detrás o algo así pero solo eramos dos idiotas quemados por una hamburguesa congelada.
Canté Little by Little de Oasis ese año en el festival de música. Lo cual era interesante, un pequeño mensaje de esperanza en el título. Poco a poco, la marca cicatrizó y dejó de ser tan visible. Era una especie de mancha abajo del ojo. Y después empecé a crecer. Mi cara empezó a crecer. Vi a la mancha correrse cada día de mi pubertad. Imaginé historias e imágenes mientras la miraba, encontré personas y nubes y paisajes. Mentira, solo le estoy copiando a Juana de Ibarbourou. En realidad no había nada interesante en mi mancha. Solo el hecho de que se fue corriendo hasta que desapareció, y la vi llegar lentamente al extremo de mi cara y un día hasta atrás de la patilla y un día nunca más la vi. Algún día quiero raparme y encontrarla.
MARCA 2: Lo que pasa es que él es muy menudito
Tenía seis años y dormía en la cucheta de arriba de una cabaña en Kiyú. Nunca, vas, a olvidarte, de la fiesta, que armamos, en Kiyú, Uh, Uhh. Mi columna definitivamente nunca va a olvidarlo.
La cosa es que recuerdo despertar cayendo. Puede haber sido el momento más confuso de mi infancia. Literalmente abrí los ojos y estaba a punto de aterrizar en un piso demasiado poroso. El filo de la cama raspó mi columna, vértebra por vértebra. Nunca me había hecho una herida tan linda. Verdaderamente. Cada una de mis vértebras tenía una cáscara perfectamente redonda, con forma de vértebra.
La animadora le explicó a mi madre lo que había pasado. Le dijo claro, a lo que él es muy menudito, se raspó los huesos. Y me fui. Dos de esas sobrevivieron y están una al lado de la otra. Pequeñas como una vértebra pequeña. Y corridas algo así como siete centímetros de su lugar original. Creo que mi cara creció más que mi espalda. Necesito que alguien me lo explique.
MARCA 3: Solo te sorprenderías de dos perros peleando si fueras hijo único
Mi hermano y yo nos trenzamos en una pelea. Yo era más grande pero él siempre fue más fuerte y más estratégico, por lo que podíamos pelear. O sea, ahora que lo pienso estaba mal. Pero mi hermana más grande también peleaba conmigo. Todos peleábamos entre todos. Recordamos diferentes peleas históricas como una en la que mi hermana sostenía mi cabeza adentro de la lavadora al grito de “te voy a centrifugar la cabeza”. En general yo siempre perdía.
Nos reímos. Y en esta no recuerdo la historia exacta. No recuerdo si estábamos luchando o jugando a eso pero mi hermano me pegó una patada en el dedo. Grité. Se hinchó. Mi madre me llevó al sanatorio porque la situación era inminente.
Mi dedo pequeñamente desviado, si bien no tiene una historia que recuerde totalmente, guarda todas esas historias. Nos reímos de ellas, de algunas, siempre.
MARCA 4: Vos. Uf, ya odio este final
Estaba tirando una botella de cerveza y me corté el dedo. Pero fue profundo.


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