Bitácora de un uruguayo en el primer mundo

El verdadero significado de ínfulas: una nota de agradecimiento a Agus y Cami


Advertencia: el contenido de este post puede ser demasiado cursi para funcionar. Los personajes se dicen que se quieren y se agradecen por cuestiones existenciales, y no hay otro punto en la escritura que ese. El texto puede resultar extremadamente Mariana y extremadamente egoísta, porque es más para su autor que para su lector, y es probable que mientras lo leas sientas la sensación de estar escuchando "Un amigo es una luz" de los Enanitos Verdes.

Intenté dormir. Pero no pude. Y ahora son las cinco y media, y no sé si voy a dormir. No iba a poder dormir si no escribía sobre la función de hoy, sobre todo eso en lo que pensé a partir de la función de hoy. En un momento de ínfulas, nuestros personajes terminaron conversando sobre el final de Chicas Pesadas. Esa no escena en la que Regina George muere atropellada por un ómnibus. Después de esa conversación, hubo silencio. Y pude mirar a Agus concentrado en buscar la respuesta más honesta, y girar hacia Cami concentrada en buscar el acorde más perfecto para musicalizarnos. Ese silencio me dejó pensar en ellos, desde ese plano two-shot que los capturaba a los dos al mismo tiempo. Me hizo pensar en mi 2018. Pensé en eso, en ellos, en lo importantes que habían sido para mí en el año, y en Regina George muriendo. El resultado final de la ecuación fue descubrir que el 2018 había sido un camión que me había pasado por arriba. No me malentiendan. Necesitaba un camión que me pasara por arriba, que me golpeara para despertar. La cuestión es que, después de ese no accidente de tránsito, hubo un tiempo en el que no podía convocarme a hacer nada con amor. Vivía todos mis sueños al mismo tiempo. Podía dar clases de improvisación dos días a la semana y viajar por liceos del Uruguay haciendo una obra que adoro y finalmente había llegado el taller final, ese que siempre había esperado en mi carrera, donde podía ser elegido para dirigir un corto escrito por mí. Y me sentía culpable de que todo se sintiera tan raro, de que todo eso que siempre había querido hubiera llegado en mi momento más roto. Sentía que mis clases no eran lo mismo, que algún ingrediente faltaba, y era yo. El 2018 fue el año en que desaparecí y tuve que salir a buscarme de vuelta. ¿Quién era Manuel Botana, antes de todo esto? ¿Dónde estaba la salvación? Y ahí ellos, ese two-shot de dos personas enormes para mi 2018. Cami, que me prestó su oreja y me escuchó hablar exageradamente (como siempre) de mi estado de angustia. -Cami, ¿cuándo voy a salir de acá? -No sé. ¿Dos semanas, capaz? ¿Es mucho? -No. Creo que aguanto. Y fue un poco más, bastante más. Nos juntábamos en facultad con otros amigos a escribir nuestros guiones e intercambiábamos las computadoras para darnos notas. Ella escribía a Sara y yo escribía a Bruno, dos personajes que en algún sentido eran el mismo: adolescentes que se volvían repentinamente conscientes del crecimiento, de que la vida no terminaba ahí y de que quedaban millones de cosas por hacer. Puedo decir que Bruno me salvó, a su manera, y de atrevido diría que Sara salvó a Cami. Y después, Agus. Agus había sido mi alumno el año anterior. Su trabajo escénico me hacía hacer chilenas de risa en cada clase, tenía un instinto invencible de cuidar a su compañero en escena y hacerlo lucir siempre bien. ¿Cómo podía enseñarle algo sobre improvisación a esa persona? Me limitaba a intentar no decirle que era increíblemente talentoso, y en vez de eso le rompía las bolas con objetivos diferentes todas las semanas, para que pudiera hacer en escena cosas diferentes. Solo porque enseñarle me enseñaba más que nada.


No podía decirle, porque no se sentía profesional para mi primer año como docente, que moría por hacer un show de improvisación con él. Había algo, una cuestión generacional que nos hacía conectar, un fanatismo compartido por 30 Rock que me hacía pensar que soñábamos con hacer la misma comedia. Un día, después de la muestra final del taller de avanzados, Agus y yo compartimos un Uber con su novia Vale. Terminado nuestro vínculo docente-estudiante, le propuse hacer juntos un espectáculo de impro que tuviera un título demasiado largo. Él dijo que sí (siempre dice que sí), y me dijo que estaba pensando en la estética de un Late-Night Show. Nos dedicamos a crear nuestro formato en un Drive y por whatsapp, tirando ideas que nos dejaron avanzar hasta la creación de Manuel Botana y Agustín Gil improvisan ínfulas de un formato a lo late night show que será presentado por Manuel Botana y Agustín Gil y parcialmente financiado por Manuel Botana y Agustín Gil improvisan ínfulas de un formato a lo late night show que será presentado por Manuel Botana y Agustín Gil. Después de la primera función, descubrimos que la faltaba una capa más a nuestro espectáculo. Necesitábamos un director musical. Le conté a Agus que tenía una amiga música y ahí llegó Cami a Ínfulas, con su guitarra eléctrica. Nunca había estudiado nada sobre improvisación, y por algún curioso motivo lo entendía todo. Cuando terminó el ensayo, todos nos miramos y dijimos sí. Me di cuenta, cuando los ojos capturaron a los dos juntos en el medio de la función, de lo importante que era para mí poder hacer un show con los dos. Porque de alguna manera, nuestro pequeño caballito de batalla llamado ínfulas se transformó en una metáfora de la recuperación. Me di cuenta de que Agus y Cami (entre otras personas, para que no se pongan celosos) me habían ayudado a salvarme en este año. Cami porque me escuchaba y me compartía sus aprendizajes de oro sobre el amor mientras me armaba tabacos en la puerta de la facultad, y porque verla escribir a Sara con tanta pasión en un momento tan difícil de su vida me ayudaba a poner las cosas en perspectiva, a darme cuenta de que lo mío no era tan grave. Si Cami tenía la fuerza para escribir a Sara en ese momento, entonces yo tenía que convocarme a encontrar la fuerza para escribir a Bruno.


Y Agus porque me hacía conectar con la improvisación desde el amor total, ese que no lograba sentir hace demasiado tiempo. Le agradecía después de cada ensayo porque había logrado distraerme por dos horas de los pensamientos rumiantes y autodestructivos que me caracterizaban en ese momento. Ensayar o hacer Manuel Botana y Agustín Gil... era mi momento de salvación de la semana, y me hacía encontrar las pistas para volver. El Manuel Botana que había desaparecido, que encontraba la verdadera felicidad en la creación, me visitaba durante esas dos horas. Y eso me hacía encontrar las pistas para volver a él, descubrir que solamente se trataba del compromiso y re-compromiso con la decisión de estar mejor. De levantarse del piso (o de la cama) y encarar. Y así empecé a encarar, lentamente. Mis ocho personajes de Shakespeare Excerpts me empezaron a divertir cada vez más, y mirar el reloj en una clase volvió a tener la reacción de ojalá el tiempo fuera más largo. Porque, lo confieso, en algunos momentos miré el reloj deseando que llegara el final. 2002: Historia de un pequeño fin del mundo, el corto de Bruno, logró la estructura y la forma fílmica que verdaderamente quería y fue elegido para ser filmado. Bruno iba a hacerse realidad, y Manuel Botana había terminado de volver. Estaba preparado para una nueva función de Ínfulas, la que hicimos hace un rato. En esa función, improvisamos el velorio de un gato llamado Strudel, dos de nuestros personajes se enamoraron en Cinemateca, dos contadores expertos en calidad analizaron la calidad de su vínculo emocional en términos cuantitativos y dos amigos llamados Mac y Windows decidieron abandonar su condición de reyes de la fiesta mientras uno paseaba a otro en un carrito de supermercado. La pregunta constante de ¿cómo carajo terminamos acá?, la mejor que te podés hacer improvisando en el escenario. La música que sonaba, que era la orquesta de Cami con sus músicos, los espectadores, cada uno tocando el instrumento de su risa de una forma que sólo podía llenarnos de nafta para seguir. Nos habíamos fundido, los tres, en un mismo cerebro, y simplemente se sintió como magia estar ahí. -Es que disfrutan demasiado de jugar juntos y ver eso es impagable -me dijo alguien después, y probablemente fue lo más conmovedor que me dijeron después de bajar del escenario. Lo que intento decir con todo esto es que no puedo ser más feliz de hacer un show con Cami y con Agus, y que me siento tan extremadamente agradecido hacia ellos que no encontraría otra forma de que vean lo enormes que son mis gracias que transformarlos en un texto. Transformarlos en la creatividad que entre los dos, todavía sin conocerse, me ayudaron a recuperar. Por haberme enseñado, sin saberlo, que solo se trataba de tomar la decisión de estar mejor. Gracias, amigos. Espero poder salvarlos a ustedes si algún día lo necesitan.



"You will definitely get a thank you note"
Frances Ha

Fotos: Lorena Scasso

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