Bitácora de un uruguayo en el primer mundo

Ayer secuestraron a mi hermano

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Ayer secuestraron a mi hermano, y no saben cómo lloré. No saben el miedo que tuve. Mucho más que siempre. Mucho más que a las palomas. Es que este año superé un poco de mi ornitofobia, porque justo había una paloma en un momento de vencimiento de otro miedo. Y operaciones cerebrales de desplazamiento hicieron que todo se resolviera junto, según mi psicóloga. La cuestión es que claro, no me acordaba de lo que era sentir miedo. Digo, siento miedo. Siempre siento miedo. Tengo miedo a tener cuarenta años y a qué el día de hoy no esté bueno todos los días. Pero esos miedos no son urgentes. No implican tener que salir corriendo, sino todo lo contrario. Implican solamente respirar y agradecer no tener cuarenta mientras sea posible.

La cuestión es esa. Que desde la cuestión de las palomas, los miedos urgentes habían desaparecido. Pero ayer, de nuevo, secuestraron a mi hermano.

Pasó en la esquina de mi casa, yo sabía que estaba ahí. En una especie de galpón que nunca antes había notado, como si mi cerebro hubiera realizado una especie de represión anticipada. Ese lugar traumático no existía antes en mi cuadra.

Llamé a la policía.

-Buenas noches. Llamo porque secuestraron a mi hermano.
-¿Y dónde está?
-No sé. No lo sé. Sospecho que lo secuestraron en la esquina de mi casa, en una especie de galpón.
-Ah, lo que está diciendo usted es que ya lo secuestraron?
-Sí.
-Entonces no podemos hacer nada. En casos de secuestro, hay que llamar antes.
-¿Antes de que la persona sea secuestrada?
-En efecto.
-Pero... ¿cómo voy a saber yo que mi hermano iba a ser secuestrado?
-Es que ese es el tema con estas denuncias. Por eso no se pueden denunciar. Probablemente por eso es que los desaparecidos no se encuentran.
-Pero... esto es un servicio horrible. Me siento mal. Tomáme la denuncia. Contentáme.
-No.
-Voy a tener que llamar a otro lugar.
-Este es el único lugar al que puede llamar por estas emergencias. Esto no es el call-center de un banco y usted no me puede amenazar con que se va a cambiar al Santander. Somos el 911. No hay otro 911, a no ser que quiera hacer la denuncia en otro país pero no creo que la policía de otro país pueda hacer algo.

Corté el teléfono con impotencia. Lloré. ¿Tenía que ir a la esquina a buscar a mi hermano? Por un lado sí, pero era demasiado peligroso. Yo siempre había tenido miedo a los ladrones, porque me robaron catorce veces contadas en mi vida.

Me asomé y vi una camioneta que salía del galpón. No quería mirar demasiado, no quería que me vieran. Mi misión de rescate estaba lista. En ese momento, al rato, mi hermano entra por la puerta de la cocina.

-Me ataron mal las piernas y me escapé. Solo tuve que pasar por la azotea del vecino.

Le di un abrazo. Interrumpí nuestro Record Guiness de ser los hermanos que hace más tiempo no se saludan aunque se llevan bien en la historia del mundo. Lloré. Lloré y todo se empezaba a ir.

-Hola, yo llamé hace un rato por una denuncia de un secuestro.
-Buenas noches. Me está llamado por el recital de trap, ¿verdad?
-¿Qué recital de trap?
-La gente está llamado por eso. Porque hay un recital de trap generando ruidos molestos en el barrio de Sayago.
-No. Lo estoy llamando porque mi hermano que estaba secuestrado acaba de volver y porque creo que pueden agarrar a los secuestradores cuando vuelvan al galpón.
-Me alegro de escuchar eso, señor. Digo, que su hermano volvió. Sobre los secuestradores le voy a tener que pedir disculpas, pero nuestros esfuerzos en este momento están necesariamente volcados en el recital de trap.
-¿Usted se da cuenta de que esta actitud es muy poco profesional?
-No. Es institucional. Trap. ¿Le gusta la música trap?

Asomé mi cabeza por la ventana, con el teléfono en la oreja. Lo vi caminar por la cuadra de enfrente. Estaba seguro. Era uno de ellos. Un montón de hormigas me caminaron por el cuello.

-Estoy viendo a uno de los secuestradores en este momento -dije en voz cada vez más baja.

Y se empezó a acercar. Hasta que estaba al lado de mi ventana y mirando por entre las rendijas de la persiana. Me escondí abajo de la cama y esbocé un "por favor vengan". Me contestaron que sólo podían venir en caso de que yo estuviera molesto por el recital de trap.

Salí de ahí abajo. La cara seguía ahí.

-Bu -dije. Con miedo. No sé ni siquiera si se escuchó y no sé por qué dije algo tan random. Pero el hombre se asustó y salió corriendo. Y mi hermano me dijo que no me preocupara, que ya había hecho suficiente y que él estaba bien.

Y ahí, en la impotencia de querer llorar y no poder, abrí los ojos. Agarré una libreta que tengo siempre al lado de mi cama y escribí todo. Después me acordé de que mi hermano estaba en Costa Rica, que no había forma.

-Nico, necesito saber que estás bien. Acabo de soñar que te secuestraban y fue horrible. Este mensaje no va a tener sentido mañana, estoy en un momento de locura dormida. Contestame los mensajes. No seas sorete. Te quiero mucho mucho. Y te extraño. Espero no haber llamado en serio al 911.

-JAJAJAJAJJAJA Perdón, es que me llegan muchos mensajes. Acá es más seguro que Uruguay. Yo también. Estoy bien.

No volví a dormir por un rato. Hice silencio y presté atención a los ruidos que venían desde afuera. El viento y la imposibilidad de apoyar la cabeza en la almohada de vuelta. Las horas que quedaban para dormir, la promesa de más miedo. No había otra. Había que volver al miedo, había que trabajar para que los sueños dejaran de ser una sátira del viaje del héroe de Campbell. Había tantas cosas para hacer en ese mundo inconsciente, tantas cosas por salvar. ¿Por qué nunca era capaz de salvar ninguna? Ni una noche. Si todo dependía de mí, si todo era una creación.

Y ahí, a las cuatro de la mañana, entendí por qué me empecino con las personas que no saben amar, por qué no puedo verdaderamente despedirme de ellas y por qué aparecen casi como en fila, año tras año. Porque tengo una necesidad imbécil de ser un héroe, porque confío en una capacidad de curar heridas que fueron hechas por otros, de enseñar amor, que no tengo. Que nadie tiene. ¿Quién puede vivir con tanto poder?

Mejor aceptar que nosotros tampoco sabemos amar y que solo vinimos para sobrevivir e intentar hacer lo mejor posible. Aceptar que probablemente no vamos a salvar a nadie. Capaz terminamos enseñando sobre el amor por accidente, la única forma que parece tener sentido. Eso, y que sigo sin saber qué es la música trap.

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