
Esta es la historia de un sánguche olímpico. Sánguche, que según la RAE no existe. Pero si no nos hacemos caca en la RAE hoy, el mundo está perdido. Lo aprendimos. Me gusta más la palabra "sánguche" que "sándwich". Me amo más a mí que a la RAE, se trata de eso.
Entonces, la historia de mi sánguche olímpico.
Estaba llegando a la facultad y no había almorzado. No tenía ganas de una tarta con ensalada, lo que siempre como. Y se me cruzó el Colo por la mente con el sánguche olímpico que se había comprado un día, hablando de él desde un ataque de amor que crecía a cada mordida.
-Es que está demás, sale setenta pesos y es gigante.
Así que llegué a la cantina dispuesto a cambiar mi menú, fue en algún día de la semana pasada.
-Hola, ¿tenés sánguches olímpicos?
-Nada.
Me quedé unos segundos en pausa. ¿Cómo podía no haber sánguches olímpicos? ¡Si siempre hay! ¿Qué es esto? ¿Qué está intentando decirme el mundo con esta ausencia? ¿Por qué necesito darle un significado metafórico a todo? ¿Por qué no paro de hacerme preguntas? ¿Por qué no me doy un descanso? Nada de eso podía ser respondido, y la sospecha era que el sánguche sí tenía un significado. Pero la sospecha siempre va a ser esa. Digo, si la dejás existir.
Miré a la heladera. Las opciones eran muchas, enormemente muchas. Tortillas de papa, tartas de verduras al wok y de zapallitos, milanesas, panes rellenos. Todo eso con ensalada, puré de calabaza, puré de papas o arroz. Algo de eso tenía que poder hacerme feliz. Pero no. Ese día quería un sánguche olímpico y estaba dispuesto a concederme ese capricho.
Salí de Comunicación y me fui a Ingeniería. Los ñoños de esa facultad tienen una cantina más grande con patio, sombrillas y comidas más ricas. Si había algo que seguro tenían era sánguches olímpicos.
-Hola, ¿tenés sánguches olímpicos?
-Nada.
-¡¿Qué?! ¿Cómo que no tenés sánguches olímpicos? ¿Te das cuenta de que mi corazón no puede con esto? ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? ¿Por qué no pusiste un cartel que decía "no tengo sánguches olímpicos, no te dejes engañar por lo sexy que soy como cantina"?
Esa última frase pude no haberla dicho. Pero definitivamente la pensé. Si lucís como que tenés sánguches olímpicos, deberías tenerlos. ¿Tiene sentido? (No, no tiene. Lo lamento, Manuel, pero no tiene ningún sentido lo que estás diciendo. De hecho, los sánguches olímpicos son una comida demasiado marginal para la vida en la Ort de Ingeniería, este texto no tiene un punto y por lo que veo ni siquiera va a tener una anagnólisis, solo una moraleja final imbecil que nazca de un SÁNDWICH olímipico. Suerte.).
En ese momento, ya tenía ganas de darme por vencido. Pero había algo que no me lo permitía: ya había luchado demasiado. Soltar es fácil cuando todavía no hiciste nada. Pero cuando ya te encaminaste hacia el sánguche olímpico, cuando ya lo saboreaste en tu mente sin saborearlo, incluso cuando se te escapo un tomate imaginario de entre los panes (¿en serio? ¿hacia ahí vamos?) y te tuviste que limpiar con una servilleta imaginaria, no podés abandonar la nave.
Crucé la calle a una rotisería.
-Hola, ¿tenés sánguches olímpicos?
-No -la amígdala de mi cerebro empezaba a llorar- pero te podemos hacer uno.
-Buenísimo, sí.
Y ahí me senté a esperar mi sánguche olímpico. Unos quince minutos que consagraron a esta aventura como una pequeña lucha de media hora. Media hora de mi vida, de mi día. Volví a mi facultad y me senté en mi mesa favorita, la que da a la ventana, con mi sánguche olímpico. Y me compré mi jugo de manzana favorito para acompañarlo, porque ese día no podía tomar coca. Justamente, quería sentirme amado.
Comí el sánguche, y estuvo simplemente bien. No más que bien. Tan bien como hubieran estado las tortillas de papas y el puré de calabaza, probablemente peor que la tarta de verduras al wok a la que siempre vuelvo. Cuando todo terminó con ese eructo de sánguche olímpico (amigo, este texto se está volviendo asqueroso y no tiene un punto. Pero te voy a dejar llegar a tu conclusión imbecil, esa que supimos todos desde el principio), me sentí mal. Ya no era el héroe que volvía a la facultad con la comida por la que tanto había luchado, era una simple persona que había perdido demasiado tiempo.
Sentí que podría haber sido feliz de comer otra cosa, que la felicidad no podía vivir en un sánguche olímpico. Que hay millones de sánguches en el mundo y con ingredientes más sofisticados: palta, humus, rúcula, tomates secos. ¿Te crees que esos sánguches tienen algo que envidiarle a un sánguche olímpico? No oses ser tan uruguayo de decir que sí.
Esa media hora de tiempo podría haber sido utilizada para tantas cosas, tanto más productivas para mi vida en ese momento. Necesitaba escribir mi guion, necesitaba estudiar. Necesitaba concentrarme en cosas que no fueran un sánguche olímpico. Saber que algún día iba a llegar a la cantina de la Ort con otras intenciones y me iba a topar con un montón de sándwiches olímpicos, prontos para ser comidos, que no me iban a complicar tanto la vida. Que no iban a ocupar tiempo que por otro lado no tenía y que los iba a comer con felicidad.
Me juré no pensar nunca más que un sánguche olímpico podía ser importante para mi vida, que no iba a perder más tiempo. Me juré que si alguna vez más estaba entre un menú y el otro, solo iba a hacer Ta Te Ti y decidir. No todo tiene que ser un dilema existencial. Decidí que ninguna decisión que no sea importante para mí en el futuro tome más tiempo que un Ta Te Ti. Que todo iba a estar bien. Que incluso en el medio de la lucha podés darte cuenta de que no vas a llegar a ningún lado y abandonar la nave, ¡y que eso está bien! Que no era necesario llegar a Ingeniería y menos a la rotisería de enfrente.
Decidí que iba a estar más dispuesto a abandonar la nave. Que todas esas mitologías sobre la lucha hasta el final son satisfactorias pero de una forma espectacular y que la vida es diferente. Porque no somos héroes, necesitamos finales hasta que no los necesitamos más. Porque esto no es Hollywood y no somos personajes de una RomCom. No vamos a gritar teamos en aeropuertos ni clavar el cuerno en el libro escondido en la Cámara de los Secretos. No funciona así.
En fin, decidí que nunca más iba a sentir la necesidad de escribir sobre un sánguche olímpico. Y de repente, todo se sintió tan bien. Tan, tan, tan bien, que hoy pude comer lo primero que encontré.

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