Bitácora de un uruguayo en el primer mundo

Tu propia dosis de amor propio: ensayo matemático sobre (de)crecimientos



Felipe, 24 - joven de lentes, puede explicarlo todo como si fuera ciencia. Sale a escena y saca una hoja. Comienza a leer.
Decidí escribir en este puente. No estoy en un puente. Digo, sí. Estoy en un puente. Pero no un puente en términos espaciales, sino temporales. Un puente temporal. Mi puente de cuatro horas de los martes, entre clases.
Cuando vivís lejos, te das cuenta de la cantidad de trabajo que estás haciendo en tu día según la cantidad de puentes fijos a los que tenés que sobrevivir semanalmente. El tiempo se apaga, las personas entran a esa clase que vos no podés tomar. Y quedás vos, solo. Escribiendo un texto medio hippie sobre tus sentimientos en una computadora de la facultad, con un miedo mayúsculo a que pase alguien y lea tu pantalla. Hablando sobre vos en tercera persona, y haciendo mención a eso como siempre. Porque de alguna manera nada cambia, y de alguna manera todo cambia.
Es raro. Es a menudo el motivo por el que los seres humanos no nos sentimos a gusto en este mundo. Lo estático y el cambio, y cómo se mueven ante nuestros ojos sin coreografía. Se explica por eso, creo. Porque todos reconocemos que somos varias personas, que tenemos máscaras. ¿No? Pero no siempre le reconocemos a esas personas su derecho a crecer de forma despareja. Porque son personas diferentes, procesan diferente. Lo único que tienen en común es el lugar en el que viven, uno. Si lo pensás, así es como se debe sentir el mundo.
Entonces, las personas que viven dentro de nosotros empiezan a crecer, y se empiezan a dejar atrás. Y aunque en algún momento sean amigas, una máscara va a empezar a ver lo que quiere dejar atrás de sí en la otra. ¿Alguna vez lo pensaste? A veces nos separamos de nuestros amigos y sentimos que nada lo explica, pero es eso. Que ya no podemos ver la parte de nosotros que vive en nuestro amigo, o que nuestro amigo ya no puede ver la parte de él que vive en uno. Que ya no hay máscaras que nos encuentren, aunque busquemos. Todas las personas que viven dentro de nosotros se relacionan, juegan, operan, de la misma manera.
El crecimiento se paraliza ante tanto crecimiento. Tus máscaras empiezan a pelearse entre sí. Reclaman su derecho de crecer todas al mismo tiempo. Porque todas nacieron al mismo tiempo. Pero eso no implica nada. ¿Por qué habría justicia en tu propio mundo? ¿Quién la necesita? Sos vos. Versus vos.
La cuestión es que una de tus máscaras crece. Ahora es una máscara adulta. Hace cosas adultas. Cocina sus propios panchos, lava su ropa interior, tira la cisterna. Cosas adultas, que hacen los adultos. Incluso siente cosas adultas: abrazar, esas cosas. Ya no a otras máscaras, a otro conjunto de máscaras que vive afuera. Amar, aunque no soy nadie para hablar sobre eso. Digo, no porque no ame. Porque no amo de la misma manera. Nadie ama de la misma manera. Y todo pierde un poco de sentido. Las películas, esas cosas. ¿Entendés? Todo lo que plantea el peligro de definir cómo se ama y nos autoriza, nos tienta, a olvidarnos de descubrirlo.
Y después, pasa eso. Personas con modos de amar que tomaron de una planilla. Que no saben aplicar con profundidad, de forma compleja. Es como cuando dicen eso de un político, que no maneja los ideales de su partido con soltura. Esto es lo mismo. Todo es lo mismo. ¿Hay algo que no sea lo mismo?
Los crecimientos, sigo escribiendo. Pasa el tiempo, pasa el puente. Pienso que es interesante que sin darme cuenta, me convoqué de nuevo al tema en plural. Los crecimientos. Ya no el crecimiento. Ya concediendo a cada máscara su propio crecimiento, reconociendo una polivalencia conveniente. Un pequeño acto fallido exitoso. Un accidente lingüìstico, una idea. Todo se trata de saber escuchar. Siempre desperdiciamos ideas por no sabernos escuchar. En adelante, los crecimientos. En plural. Para siempre en mi vida.
Las ventajas del crecedor plural radican en la capacidad de discernir que regala la consciencia de sí mismo, en la forma más difícil que encontré de explicarlo. La idea es que empecemos a amarnos de forma inteligente, de regalarnos la porción correcta de amor propio medida en el tubo de ensayo de nuestros crecimientos plurales. Es eso, es un poco por ahí.
¿Cómo amarse? No sé. Comprarse una ensalada en vez de un sandwiche. Algo así, algo simple. Pero contundente. La cuestión compleja se encuentra más bien en lo numérico, en cuánto amor necesitás para crecer y en si podés encontrarlo. ¿Qué sos capaz de hacer por tu propio amor? ¿Alguna vez te hiciste esa pregunta? Seguro al revés sí. Pero, digo, esa pregunta. Esa misma pregunta. Vos, por tu propio amor.
Ingresamos, entonces, a la zona matemática. Si sos consciente de tus crecimientos como entidades separadas, podés hacer porcentajes perfectos de crecimiento. Podés escribir una gráfica en una pared de tu cuarto con dos ejes. El eje de las X, crecimiento medido del 1 al 100. En el eje de las y, cada crecimiento. Cada categoría: crecimiento laboral, crecimiento vincular, crecimiento corporal, crecimiento amoroso, crecimiento cerebral, crecimiento decisivo, crecimiento estomacal, crecimiento emocional, crecimiento literal, en centímetros. Varios crecimientos, sin olvidarte de ninguno. Todo lo que consideres que sea un crecimiento.
Entonces, en esa gráfica y mirando las zonas en las que creciste digamos, en ese mes, podés decidir cuánto amor propio te vas a regalar al mes siguiente. Podés sacar una conclusión. Porque si tus crecimientos fueron demasiado desparejos, no te merecés amarte tanto. Te amás un poco menos, como forma de decirte “che, buen trabajo en agosto, pero para setiembre tenemos que trabajar en el crecimiento de tu conexión con la tierra. Se está quedando atrás”. Nunca no te amas. Porque nadie aprende sin amor. Entonces, si no te amas y no creciste esa semana, y tu veredicto después de ver la gráfica es odiarte, no crecés. Porque en el odio, solo hay espacio para el odio. Sas, woh, pim. Frase célebre. Honomatopeyas que acompañan a una frase célebre. Qué linda palabra, célebre.
Pero las gráficas no solamente implican la dosis de amor que te vas a regalar al mes siguiente. Justamente, ese amor es un combustible para hacer otro trabajo. El de hacer crecer las barras que se quedaron atrás en ese mes, o que se vienen quedando atrás hace tiempo. O incluso las que retroceden, porque si retrocedieron es porque tenían que aprender algo que estaba atrás, pero tienen que volver. Todo tiene que volver. ¿No? O sea, no todo. Pero algunas cosas.
Entonces, después de tu gráfica, organizás un plan de trabajo. El plan de trabajo de tus crecimientos. Estás en plena etapa de pre-producción de tus crecimientos. Digamos incluso, que podés hacer tu gráfica unos días antes de que termine el mes, así tenés tiempo para preproducir el siguiente. Pero una vez que se llega al 1 del siguiente mes, estamos ante un punto de no retorno. No hay retorno, que es una frase tan utilizada en narratología como en móviles de intrusos. No hay retorno, Jorge, no tengo retorno.
Y la mayoría de las veces uno piensa, qué lindo. Porque de verdad si estás en Intrusos no tenés retorno. Es como un momento de self-awareness sin la parte de self-awarness. Un momento de self-awareness accidental.
Es interesante igual. Digo, que haya emergido esa palabra. Porque si estamos hablando de crecimientos tenemos que hablar de retornos. Si hay crecimientos, hay retornos. Todo lo que sube, baja. Todo lo que entra, sale. Léase la última frase dicha por el tío más viejo verde que se tenga, arqueando las cejas, si tiene cejas.
Es como, no sé, la gente que va al gimnasio. Hacen musculación, levantan pesas y pesas de cada vez más kilos. Cada levantada de pesa, cada aumento del peso de lo que se levanta, condena a un día más de gimnasio en la vida, si lo pensás. Porque los músculos vuelven a su estado natural de flacidez. Todo lo que sube, baja. Eso, es eso. Decrecimiento.
Entonces, lo que nos compete es ser responsables también de nuestros retornos. Por ende, como hay crecimiento y hay retorno, y como crecimiento y retorno son términos que permiten gradación, podemos ubicar un 0 en la mitad de nuestra gráfica. Siendo 0 igual a la ausencia de crecimiento y la ausencia de retorno. Y nuestra gráfica se dobla hacia abajo. Ahora admite valores negativos.
Entonces, de repente, somos tan conscientes de nuestros crecimientos y retornos en términos numéricos que podemos lidiar, básicamente, con todo nuestro yo. Porque todo nuestro yo es la sumatoria de esas personas y de cómo crecen, singular y grupalmente. Cada máscara existente compone al yo, como todos los colores componen al negro. O al blanco. Nunca sé cuál es, y nunca creo que necesite saberlo.
Y entonces, en el tercer párrafo que empieza con entonces, somos felices para siempre. Como en los cuentos de hadas. Solo que este es un cuento de hadas matemático. La fantasía ha sido suplantada por la ciencia, pero igual hay cuento. Sigue habiendo narrativa pero hay más esperanza, porque es una narrativa sobre ciencia. Igual hay tensión, igual hay cosas que se ponen en juego. Se puede. Felices para siempre literalmente, en el momento en que llegamos al perfecto equilibrio de nuestras máscaras.
Y, ¿sabés? Es tan posible llegar a ese lugar. Pero ahora que lo pienso es tan efímero. Una barra de la gráfica es tan frágil, cambia en un segundo. Destartala el esquema de crecimientos en una milésima de segundo. ¿No? Entonces creo que capaz todo esto es un no. Capaz ni estresarse haciendo la gráfica, las matemáticas, todo eso. Dividirte en todas tus máscaras como si fueras a encontrarlas todas. No. No. No hay retorno de que no. Qué lástima haber escrito tan al pedo. Todo este tiempo. Porque de hecho uno sabe. Sin la gráfica, ¿no? Capaz sí, capaz no. No sé. Capaz esto podría ser si de verdad no hubiera tiempo, todo sería verdad si no hubiera tiempo. Pero hay tiempo. Cuando se llega al puente de los martes, eso se vuelve innegable. Hay tiempo.

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