Chicago, 6 de enero de 2018
Esta es la historia de cómo Coca-Cola salvó mi vida.
Nunca había tenido la experiencia de estar tan cerca de la muerte. Una vez me habían apuntado con un arma, pero yo sabía que estaba vacía. Después, un policía me dijo que el arma tenía tres balas. Pero antes, yo sabía que estaba vacía.
Un detalle no menor sobre el frío es que uno tiene que elegir entre congestión y vista periférica. O morís de frío, o usás todas las prendas de ropa con capucha que tenés y renunciás a la idea de mirar para los costados.
Un detalle no menor sobre la vida es que, para cruzar la calle, hay que mirar para los costados. Tenía luz verde para cruzar, pero me había olvidado que en Chicago hay que tomar un poco más de precaución: los vehículos pueden doblar a la derecha en rojo. Entonces, al mismo tiempo que yo bajaba el cordón de la vereda, el chofer del 56 decidió doblar hacia la calle Western.
Todo en ese párrafo indica muerte, pero aún no llegó Coca-Cola a la historia.
De mañana, decidí ir a Wallgreens a comprar artículos de primera necesidad, como pancakes y maple syrup. Cuando estaba en la caja, vi una oferta de lejos. Capaz es mucho, pensé. Pero después pensé "Dejá de mentirte. Claramente podés -y vas a- tomar toda esa Coca-Cola". Así que decidí comprar esa caja con doce latas. Tres dólares y medio que salvaron mi vida.
Es que la tragedia está siempre antecedida por una discusión interna o externa que implica elegir entre dos opciones (en este caso, Coca-Cola o no Coca-Cola). El día que arranqué el auto con mi abuela subiendo (Sí, me pasó eso. No se preocupen, está bien. Nunca estuvo mal. Yo sí. Siento culpa hasta el día de hoy) había discutido con mi madre sobre si tenía que manejar ella o yo. El día que mi hermana tuvo un accidente de auto en la ruta y casi murió, se había discutido si tenían que esperar o no para salir a la mañana siguiente, y yo me había discutido si los tacos que iba a cocinar tenían que ser de pollo o de cerdo. Tacos que iban a llegar al sanatorio Camcel de Melo en forma de vómito. El día que me apuntaron con un arma, estuve horas decidiendo si ir a Mcdonald´s o llamar al Mundo de la Pizza. Decidí la segunda, y cuando salí estaban encañonando al delivery. Y de repente, a mí.
Tal vez estas pequeñas dicotomías suceden todo el tiempo, y solamente las registramos en los momentos en que la tragedia nos hace desear haber elegido la opción número dos. Pero como mi vida está llena de experiencias traumáticas que implican dicotomías, siempre camino con un poco más de cuidado después de tomar una decisión. Por eso soy un improvisador lento, probablemente.
Ese día, era comprar o no comprar. Y decidí comprar. Pero no me acordé de caminar con cuidado. Salí de Wallgreens, vi el semáforo en verde y decidí cruzar. Por suerte, el pie derecho bajó primero, y eso hizo que la bolsa con la caja de Coca-Colas en la mano izquierda se ladeara mínimamente hacia adelante. Lo suficiente para sentir en ellas un impacto, un golpe que abolló una de las latas de la esquina.
Automáticamente, el impulso me hizo retroceder. Y lo siguiente que vi fue un ómnibus pegando una curva repentina para alejarse del cordón. Miré a la derecha y vi a un hombre que suspiraba aliviado, como si lo hubiera visto todo. Como si hubiera visto mi cadaver en el suelo en una laguna de sangre y Coca-Cola, mientras un chofer de ómnibus lloraba las ridículas reglas de tránsito yankees.
Hubiera sido una forma hilarante de morir, definitivamente. Pero no. Cuestión de milésimas de segundo. Efecto mariposa y esas cosas. Ahora puedo andar por la vida diciendo que Coca-Cola salvó mi vida, y me encanta.
Chicago, 1 de enero de 2018
Cuando llegué a Chicago, abrí un sobre lleno de cartas que mis amigos me escribieron. La consigna era que no podía abrirlo hasta fin de año, y a las doce uruguayas recibí un montón de deseos de año nuevo a la distancia. Un sobre lleno de cartas sin firmar con emisores inconfundibles.
Había estado preocupado por fin de año, por estar lejos. Un día del calendario había adquirido una importancia ridícula. Y de repente, me di cuenta que había traído en mi valija todo lo que necesitaba para empezar feliz. Y de que soy un idiota, de que todo es mucho más simple. Capaz la vida es una gran escena de improvisación y, de la misma forma, no tenemos que depositar expectativas en el año nuevo para que sea perfecto. Será perfecto en la medida en que no tengamos expectativas.
De todas formas, no pude no respetar mi decisión de empezar el año nuevo con el pie derecho. Una cábala que yo mismo inventé, y que consiste literalmente en empezar el año nuevo con el pie derecho. Es muy común verme en Melo a las 23:59 del 31 de diciembre intentando mantener el equilibrio parado en un solo pie, generalmente alcoholizado. Esperando a que alguien diga "Feliz año nuevo!" o "Feliz cumple, Mati!" (porque mi prima Mati es una desgraciada y ese es su cumpleaños), y me libere de una tortura autoimpuesta que implica un control corporal que no tengo.
La cuestión es que Heather me llevó a una fiesta temática de Mad Men para celebrar la llegada del 2018 con ponche y gorritos. Cuando me senté con mi paso de ponche en el sillón (por cierto, asqueroso, solo quería saber qué se siente ser un dibujito animado de Nick), la vi. Quería escupir una palabra que no salía. Mi cerebro solo pensaba "Shit! What are the odds?" porque piensa frecuentemente en inglés. De las diez personas que conocía en esta ciudad, una estaba ahí. En la misma fiesta que yo. En fin de año. El día de mi vuelta.
-¡Hannah! -logré decir.
-!Manueeeeeel! -respondió ella, enormemente sorprendida de verme en Chicago. Mirándome como si fuera un espejismo o algo así.
Conversamos un rato y nos sacaron esa polaroid que funciona como portada de esta entrada. Hablamos sobre su vida y mi nuevo viaje a Chicago, sobre mi documental de los charrúas y la escena en una carpa que habíamos hecho en una clase de improvisación. Los dos atesorábamos cada uno de sus momentos, y creo que los dos sospechábamos que el otro la había olvidado.
No pude no ver a Hannah como una señal de que estaba en el momento correcto y en el lugar correcto. Como una extraña señal de feliz año nuevo, o simplemente como una casualidad hermosa que se encargaba de recordarme la poesía de la vida en un momento en que la había olvidado. Creo que fue eso. O mejor, decido que haya sido eso.
Chicago, 5 de enero de 2018
Llegué a la oficina de Rachael Mason, catedrática de improvisación avanzada de Second City y la mejor profesora que tuve en mi vida, o al menos la que me hizo entender mis superpoderes. En mi mente, yo amaba a Rachael Mason y ella no se acordaba tanto de mí. En la realidad, Rachael Mason me recibía en su oficina con un abrazo y una sonrisa de oreja a oreja, feliz de verme. Curiosa sobre en qué andaba.
-Look, I love you. -me dijo. Y no importa de dónde venía la conversación, ni a dónde iba. Solo importa eso, porque fui feliz.
Le conté que mis alumnos se reían de todo lo que la citaba, y ella me dijo que sus alumnos se reían de todo lo que cita a Del Close.
Chicago, 15 de enero de 2016
Fue el tercer día consecutivo en que me comí una barra de limón de Wallgreens a las doce de la noche que me di cuenta por qué no tenía inspiración hacía dos semanas para escribir este blog: todo lo que estaba haciendo era comer.
Mi última vez en Chicago no había implicado convivir con yankees, pero esta sí. Te hacen enamorarte de la idea de comer todo el tiempo, y destrozan tu dieta de forma silenciosa. Sacan una bolsa de nachos y humus de la despensa unas tres veces al día, y vos los seguís.
De repente, te amigás con el desayuno (nunca fui una persona de desayunar) y decís "!pa! Mi cerebro funciona!". Y así empieza. Las tostadas con queso crema se transforman en tostadas con palta al día siguiente. Y al siguiente, eso se transforma en un bagel con palta. Y al siguiente, un bagel con palta, queso crema, tomates y salmón.
Hay dos razones por las que uno come en Estados Unidos:
1) Probar cosas. Todo lo que se puede comer existe en Estados Unidos, excepto los zapallitos.
2) La misión de descubrir los dopplegangers culinarios de recetas uruguayas. Por ejemplo, descubrir que las Lemon Bars de Wallgreens son el correspondiente del Lemon Pie de mi tía Nathi, y que son sorpresivamente iguales. Tiene sentido. Mi tía Nathi se diferencia por ponerle una cantidad excesiva de limón a su Lemon Pie, y los yankees se diferencian por ponerle una cantidad enorme de todo a todo.
Y en eso consiste mi vida, en descubrir que los hash browns son tortillas de papa a la suiza, y que el rice pudding es arroz con leche cuando se le agrega la cantidad justa de canela. Y también en agradecer que la casa en la que vivo no tenga una balanza.
Aunque tengo que reconocer que la tortilla se dio vuelta, literal y metafóricamente. Los yankees que viven conmigo ahora están sorprendidos de todo lo que como. Es como cuando tus padres te enseñan a caminar, y vos seguís solo, y eventualmente corrés. Ellos me enseñaron ciertas ideas culinarias, y yo decidí mezclarlas todas entre sí hasta llegar a mis patentables Botanguches (una mezcla de mi apellido y la palabra sandwiches, extremadamente mala para la salud).
Hasta que un día, uno se animó y me lo dijo:
-Manuel, you are eating a lot.
-I know. It´s the US, I guess. -contesté, y seguí comiendo manteca de maní a cucharadas.


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