Chicago, 16 de diciembre de 2016
Hoy me digo bienvenido al final y, si tengo que ser sincero, lo que siento es miedo. Sentí tristeza por un momento, hasta que entendí que lo que sentimos es un juego. Que a veces podemos dictarnos nuestras propias emociones cuando sabemos que deberíamos estar sintiendo otra cosa. Nuestros cuerpos son capaces de hacer eso, tienen esa capacidad tan triste y fascinante. A veces, solo necesitamos forzarnos a sonreir, y la mayoría de las veces nos vamos a terminar agradeciendo.
Sentía la tristeza del final, pero entendí que esa no era la emoción que quería sentir. Entendí que mi terapia y la improvisación estaban hablando de la misma cosa, de permitirnos vivir en nuestros estados. Vivirlos es jugar con ellos, y jugar es siempre es siempre una forma de transformación.
Esto es lo que aprendí de la forma más dolorosa. Porque por algún motivo, alguien dejó entrar en la sangre botánica una idea de vivir separados de nuestro ser emocional. De eso fui testigo en mi vida siempre; un montón de gente que se rompía por dejar que su mierda lidie con ellos, en vez de lidiar con su mierda.
Entonces empecé a improvisar, y entendí que todo lo que nos proponen las emociones es un juego. En ese juego, tenemos el permiso de decidirnos pasivos, pero existe un instinto que nos dice que es más interesante meterse adentro de la ronda. Existe un instinto al que tenemos que hacerle caso, y nos dice que la única forma de exorcizar es permitirnos sentir hasta empalagarnos.
Mi experiencia con esta tristeza del final es que existía por una conexión errónea. Existía por una conexión con lo que podría haber sido, en vez de una conexión con lo que fue. Tal vez eso sea lo desafiante de ser humanos, lo angustiante, nuestra capacidad de soñar, esa cosa que permitió que Amelie Nothomb escribiera su biografía tomando al hambre como columna vertebral. Somos tan buenos imaginando nuestros deseos, que nos olvidamos de que en nuestras vidas hay un montón de cosas perfectas.
Entendí que podía conectarme con todo lo que sucedió. Porque la improvisación me enseñó que todo lo que sucede es perfecto. Parafraseando a Tina Fey, no existe error pero sí oportunidad. Y hoy entiendo que esa filosofía no es tan diferente a la que podríamos adoptar en un universo que no es ficticio.
En vez de irme triste, me voy feliz porque me siento más grande. Porque aprender y entender nos recuerda que somos infinitos, y creo que eso es algo que nunca podemos permitirnos olvidar.
Y todas las imágenes que me vienen a la mente, toman la forma de una memoria que me llena. Me recuerdo desesperado, intentando comunicar ideas de una profundidad que mi segundo lenguaje no podía sostener, y no dejo de sentirme orgulloso por intentarlo. Me recuerdo llorando abajo de la lluvia en mi primer sábado a la noche en esta ciudad, después de haber intentado sin éxito escribir la primera entrada de este blog, y no dejo de sentir enorme haber aprendido a vivir con la soledad cuando tenemos que hacerlo.
Me recuerdo conociendo gente demasiado genial, y me siento orgulloso de decir que hay relaciones que me voy a llevar para siempre. E imagino la idea de no hablar nunca más con un montón de esas personas, pero me siento emocionado por el abrazo que voy a recibir a mi vuelta.
Me recuerdo muriendo de calor y después muriendo de frío. Me recuerdo nadando en el gimnasio a las once de la noche cuando no había otra cosa para hacer, y me recuerdo corriendo una hora por día para conocer la ciudad, y me siento orgulloso de haber descubierto esa nueva parte de mí.
Me recuerdo saliendo de mis clases de improvisación mandando audios que narraban el éxito de mis escenas, y entendiendo que la ciudad ventosa no es amigable con esa forma de comunicación. Y también me recuerdo fallando, pero amando tanto ese fracaso.
Me recuerdo en mi primer stand-up en otro idioma, y en lo reconfortante que fue sacarle risas a un país que en ese momento sentía demasiada tristeza. Recuerdo todos los elogios que recibí en la clase que me resultó más desafiante, y en lo lleno que me sentí con eso. Recuerdo el odio que sentí por uno de mis profesores, y me siento culpable por lo divertido que me resulta sentir esa emoción.
Me recuerdo en experimentación, y me entiendo en experimentación, y me fascina. Y me da ganas de soñar con lo que puede ser, pero también de amar lo que es. Y en todos esos recuerdos, me recuerdo siendo una persona diferente. De tanta transformación, uno cree que termina creciendo.
Y me recuerdo hoy, haciendo algo que que debería haber hecho hace mucho tiempo y no lo hacía por miedo. Y tengo que decir que me siento orgulloso de mí, y que eso no se sintió como pensaba que se iba a sentir, y que tal vez me di la cabeza contra la pared para entender que estaba viviendo de la forma equivocada. Pero de verdad no veo el sentido de lamentar, y sí veo el sentido celebrar nuestros despertares.
En fin, solo quiero y puedo decir gracias a Chicago y a la gente que lo habita, que dicen ser y son las personas más amables del mundo. Gracias y adiós, de verdad gracias, y de verdad adiós. Porque al final ese es el juego de la vida, agradecer y dejar ir.


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