Bitácora de un uruguayo en el primer mundo

Hispanic: historia de confusiones potencialmente racistas



Chicago, 22 de noviembre de 2016
Hay dos formas en que las personas pronuncian mi nombre en Estados Unidos: Manuel y Miguel. Liz, una de mis profesoras, me dice Miguel todo el tiempo. Lo irónico es que pasa la lista todos los días y sabe mi nombre.
Sé que este problema suena tan simple como “la próxima vez que te diga Miguel, le decís que te llamás Manuel”. Pero juro que mi debilidad llega al punto de no animarme a hacer eso. En realidad, no sé si es que no me animo, o que a veces disfruto de dejar que sucedan esos accidentes. A quién le importa? A partir de ahora ya sé que cuando digan Miguel me voy a dar vuelta.
Creo que ese es el efecto secundario de la improvisación y de la comedia, volverse adicto a dejar que pasen los accidentes. Porque los comediantes apasionados por la improvisación sabemos que solo nos vamos a reír si la situación se vuelve peor.
No me había dado cuenta de que esto era ligeramente ofensivo hasta el sábado pasado después de clase, donde hice el ridículo intentando comer pancakes frente a personas yankees, y me preguntaron si no me ofendía que me dijera Miguel en vez de Manuel. Contesté que no, y pensé en todo lo que se ofenderían ellos si supieran que solo recuerdo sus nombres cuando los comparten con los personajes de alguna película.
Y hoy lo conté de nuevo en otra de mis clases, y una compañera dijo “Daaaa! Racist”, y creo que ahora tengo que decidir que es ofensivo. “She just thinks of the first hispanic name that comes to her head and calls you that”. Y yo dije “Yes, you are totally right, Hermione” (nota del editor: el verdadero nombre de esta persona no es Hermione. El autor sacrificó la integridad del relato para hacer un chiste. Nota del editor: personalmente, creo que el chiste no vale la pena. Nota del editor: renuncio).
Saliendo de esa clase, me cruzo con un compañero de mi clase de los sábados y me dice “Hey Miguel!”. Creo que llegó el momento de ponerle fin a esta situación.
Por otra parte, quiero contar el método de ahorro que descubrí el otro día por accidente. Mi casa queda a unas 15 cuadras de Second City, que es una distancia demasiado corta para tomar un ómnibus y demasiado larga para caminar. Otro dato importante es que tomarse un ómnibus en Chicago sale dos dólares y medio.
La cuestión es que el otro día subí al ómnibus y me di cuenta de que no tenía cambio. Eso implicaba acudir a las monedas que estaban perdidas en todos los bolsillos de mi mochila. Empecé a buscar monedas y de repente, había llegado. Solo tenía que poner cara de “Shit! I don’t have enough” y bajarme.
Hoy probé hacerlo de forma intencional. Subí y empecé a contar monedas lentamente, y esta vez me animé a decir “Sorry! I don’t have enough”. Y ya habíamos llegado a Second City, y el chofer me dijo “You are fine. Whatever you have is enough”.
Sentí tanta vergüenza (nota del editor: el motivo por el cual esta palabra aparece en un tamaño diferente es porque el autor no sabe cómo hacer diéresis en un teclado estadounidense y tuvo que copiarla de google. Pero el editor pensó en seguir su filosofía de dejar que sucedan los accidentes). Claramente podía pagar un boleto y estaba siendo un idiota, y el chofer me devolvió uno de los gestos más amables. Me sentí tan culpable que me bajé en la siguiente parada y caminé para atrás.
Me hizo acordar a una cosa que viví en Uruguay, un día que sí me había olvidado de la plata para el boleto (un problema que se hizo cada vez más frecuente en mi vida desde que descubrí la tarjeta de débito). Tenía que llegar a la Ciudad Vieja en diez minutos y estaba en la plaza de los Treinta y Tres. Decidí subir a varios ómnibus, consultándoles si iban al Obelisco (a veces, cuando me animaba, con un ligero acento extranjero), solo para que me contestaran que eso era para el otro lado y me dejaran en la siguiente parada. Logré llegar a tiempo, porque a veces la creatividad se transforma en nuestro dinero (nota del editor: en serio?).
En otra historia, que forma parte de esta serie de historias indigentes, de mañana, porque por algún motivo decidí contar este día al revés, le conté a mi abuela que había encontrado una camisa en la basura y se preocupó tanto que me mandó mil dólares. Mentira, solo quería que me juzgaras para después darte cuenta de que esto era mentira y te dieras cuenta de que vos sos el idiota (nota del editor: el autor es, probablemente, el idiota).
Pero sí es verdad que encontré una camisa en la basura. No estaba en la basura sucia, tengo que aclarar, hay un cuarto de basura en el segundo piso donde la gente tira cajas de electrodomésticos y, aparentemente, camisas.
La vi cuando fui a tirar la basura sucia por el ducto que queda adentro del cuarto de basura, acompañada por otras diez camisas horribles. Es importante aclarar que estaba -y estoy- viviendo un momento de revelación sobre el poder de las camisas. Solo me fascino con la ropa cuando tengo que pensar en un vestuario para algún personaje, pero no es algo en lo que piense de forma activa cada día de mi vida. Solo encuentro esas cosas que funcionan para mí y las repito para siempre, como usar remeras grises. Porque sé que cuando intento innovar termino vestido con una remera roja chillona y un short de color verde cotorra, llevándolo con la seguridad de alguien que entiende algo sobre combinar colores.
Soy esa persona que se pone lo primero que encuentra, y eso está a la vista. Yo sé que me visto mal, mis amigos dicen que me visto mal, mis hermanos dicen que me visto mal, y esto incluye a mi hermana de cuatro años. Soy esa persona que se viste igual para ir a la facultad y para ir a bailar (nota del editor: el autor no va a bailar). Y había tenido la revelación de que la camisa era la prenda que necesitaba para generar esa diferencia.

Chaleco que compré y tuve que cambiar por recomendación de mis amigos
La cuestión es que agarré la camisa y la miré. No tenía ninguna rotura, se veía que alguien había tirado siete camisas solo porque le sobraban, porque había descubierto recientemente que las remeras de cuello eran la prenda necesaria para hacer la diferencia entre cómo se vestía para ir a bailar y cómo se vestía para jugar al golf, y ya no tenía espacio para sus camisas. Pero no podía agarrar una camisa del cuarto de basura. Así que me fui.
Unas horas después, estaba mirando la tele y pensé de nuevo en la camisa. Me pregunté si seguiría ahí, y pensé que me tenía que comprar una igual. A los segundos, me vi saliendo del cuarto de basura con una bolsa de nylon, suplicando a los dioses que no hubiera nadie en el pasillo.
Mi abuela no me mandó mil dólares, pero se rió mucho con la historia. No se por qué, pero hay ciertas personas a las que me llena demasiado hacer reír y mi abuela es una. Porque ella es Demasiado Graciosa, y eso está escrito con mayúsculas porque así se llama la foto-novela que escribí sobre ella. Porque me hizo reír tanto, que a veces siento la deuda de hacerla reír un poco.
Creo que me voy a ganar el odio de toda mi familia diciendo esto, pero mi abuela es la persona que más extraño. Mi abuela es humor y fortaleza. Una vez dijo la frase celebre que le dice a sus nietos cuando empiezan a tocar todos los adornos de su casa, “tocate el culo”, en uno de mis shows de stand up.
Rodó por las escaleras de un cine cuando tenía seis años y entró en un ataque de risa al ver mi cara de shock. Puteó a Maxi de la Cruz en la recepción de un teatro, entrando a ver una función de Cacho Bochinche en vacaciones de julio en la que, nunca voy a olvidar, Cacho me miró a los ojos. Se rió a carcajadas una vez que abrí la puerta cuando tocó timbre y después dijo: “me terminan de robar”.
De mi abuela aprendí que el humor es la forma más fuerte de resiliencia. Que podemos reírnos de nuestra propia tragedia, pero que si lo vamos a hacer, estamos obligados a alcanzar el punto de poder invitar a más personas a reírse.

Sé que soy el nieto favorito de mi abuela, y sé que todos sus nietos podrían decir lo mismo.

1 comentario:

  1. Este blog de hoy está divertido pero parece más un stand up escrito que un texto literario. No bajes la vara porfa, sí?

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