Bitácora de un uruguayo en el primer mundo

Encerrado en el palier, historia de la noche más desesperante de mi vida

Chicago, 24 de octubre de 2016
No se por qué, pero la vida este año me ha obligado a vivir historias extremas que involucran repartidores de pizza. La primera no sucedió acá, pero salí a buscar mi pedido por la puerta de la cocina y me di cuenta que no tenía suficiente para pagar. Volví a entrar para buscar más plata y, cuando salí, estaban robando al repartidor. Por algún motivo que todavía no me logro explicar, seguí caminando diez metros para adelante y llegué hasta el portón. El miedo hace que mi cerebro reaccione de las formas más extrañas. Lo próximo que vi era un arma apuntando a mi pecho y a un ser sin cara amenazando con disparar si llamaba a la policía. Nunca pude recordar las caras de ninguno de los dos jóvenes, pero puedo recordar el arma con un detalle que asusta.
Un revólver clásico, de esos con los que uno podría jugar a la ruleta rusa. Puedo recordar que tenía grabados en el metal y un caño exageradamente largo. Recuerdo el círculo perfecto que había en la punta, que invadió mi campo de visión durante dos o tres segundos borrando todo lo otro, hasta que el miedo me hizo reaccionar con valentía. Decidí correr. Sí, decidí correr una distancia de aproximadamente diez metros, desde el portón a la puerta de la cocina, con un arma apuntándome en la espalda. Detalle anecdótico: antes de correr, di una pequeña rebotada hacia adelante, como avisándoles que iba a correr para no agarrarlos desprevenidos.
Escuchaba amenazas de muerte y a un joven suplicando por su vida. Tal vez corría porque me había convencido de que el arma no tenía balas, o tal vez por el sentimiento más fuerte de identificación. Hacía lo que la otra persona de veinte años al otro lado del portón no podía hacer, correr para lograr que nuestras vidas no terminaran ahí. Porque los dos sabíamos que nuestras vidas no tenían que terminar ahí.
El final de la historia es que lo logré y que los ladrones fueron arrestados escondiéndose en el bar donde había encargado la pizza. A veces, la vida decide narrarse de formas poéticas, y tenemos que aprovechar para leerla. Detalle anecdótico dos: el arma tenía tres balas. Detalle anecdótico tres: el repartidor nunca soltó la pizza.
Pero en la siguiente historia no hay nada de poético. No existe nada que pudiera incentivar a transformar el hecho en una película basada en la increíble historia real. Solo vivencias de desesperación y aburrimiento.
Eran la 1 de la mañana cuando llegó el repartidor de pizza de Sarpino’s. Ya había venido y no le habían pasado mi celular para que me llamara (larga historia el tema del timbre). Por lo tanto, se había ido. Tuve que llamar de nuevo porque tenía hambre, y volvió.
No tenía cambio de 100 dólares cuando bajé, aunque les había aclarado hasta el cansancio que lo necesitaba. Así que subí, dejé la pizza, y agarré la cantidad ridícula de monedas que había apartado previendo esta situación. La cuestión es que, la segunda vez que bajé, me olvidé de la llave.
El edificio tiene dos puertas que abren sin llave desde el lado de adentro. Tenía que cruzar las dos puertas para llegar al repartidor, pero cometí el error de dejar que la de adentro se cerrara. Cuando terminé de pagar, sin sacar mi cuerpo totalmente de la puerta de calle, emprendí camino hacia adentro ansioso por comer mi pizza. La puerta de más adentro estaba cerrada y no había forma de abrirla.
No sé si están familiarizados con la vida de los yankees, pero no existen después de las once o doce de la noche. Puse un diario en la puerta de calle para asegurarme de que no se cerrara y salí. Intenté tirar bolitas de papel a la única ventana iluminada y nadie me contestaba. Odié tan profundamente a la persona que estaba ahí que no podría describirlo. Minutos después, me di cuenta de que era mi propia ventana. Porque pelotudo no se hace…
Di la vuelta al edificio y encontré otra con luces prendidas, en el primer piso. Hice una pelota con el ticket de la pizza y la empecé a tirar para llamarles la atención. La tiraba y volvía y nada. Después, decidí agarrar un tronco gigante que se había caído de un árbol y empezar a hacer movimientos que les llamaran la atención mientras gritaba. Me imaginé el susto que hubiera sentido si hubiera visto un árbol saltando por la ventana, y entendí que nunca me iban a ayudar y que había una gran probabilidad de que alguien hubiera muerto de un ataque cardíaco adentro de ese apartamento.
Seguí caminando con mi pedazo de árbol, porque el otoño es mi gran amigo y antagonista en esta historia. Llenándome de potenciales armas de comunicación que reemplazaban al celular a cambio de hacerme sufrir su frío.
Si en este momento se están preguntando por qué no toqué timbre a los vecinos, quiero que sepan que no puedo decirles la respuesta porque podrían encontrar al culpable de los ruidos molestos a la 1 de la mañana y no quiero ir a la cárcel.
Las estrategias se me acababan y había pasado una hora. No tuve otra opción que empezar a gritar. Me paré en frente al edificio recordando mis clases de actuación con Lula y cómo proyectar lo más posible. Así que llené mi panza de aire, no mi pecho, y grité “Help! I am locked out!”. Y después pensé que tal vez alguien hubiera escuchado a un hombre con un acento hispánico extraño intentando meterse al edificio.
En ese momento, después de gritar mi frase un par de veces. Entendí que iba a pasar un buen rato encerrado entre las dos puertas. Encerrado en ese no lugar donde el tiempo no pasaba. Destinado a la peor pesadilla de pasar horas en un lugar de paso, diseñado para habitar en él durante no más de cinco segundos. Y juro que cada vez hacía más frío ahí adentro. Cada vez que salía para aplicar una estrategia que me pudiera sacar de la celda, tenía que aceptar que la puerta iba a quedar abierta. Intentar salir implicaba sacrificar la temperatura no tan caliente del único lugar cálido que tenía para pasar la noche.
¿Podía escapar y pasar la noche en un Burger King 24? No, no tenía plata. ¿Podía llamar a alguien? No, no tenía celular. ¿Podía al menos golpear la puerta de una casa y pedir ayuda? Tampoco. Tenía puesto mi pantalón del pijama favorito que nunca quise tirar, ese que todos tenemos lleno de agujeros pero con demasiado valor sentimental.
Creo que la única moraleja de esta historia, y la voy a decir antes de terminarla, es que ahora sé que no podría estar en la casa de Gran Hermano, que es algo en lo que siempre pensé que podría ser exitoso.
Cuando el reloj marcó las tres, me paré y empecé a contar segundos. Después miré mi reflejo en el vidrio y encontré una cara que no era la mía. Claramente eran las luces, pero prefería pensar que el sueño había comenzado a deformar mis ojos. Me di cuenta que nadie me iba a rescatar hasta que, diría Cortazar en su Carta a una Señorita en París, llegara la hora en que pasaran los primeros colegiales.

Wilson
Entonces, decidí que tenía que volver a sentarme en el piso y dormir. Utilicé un diario para no sentarme directamente sobre la cerámica (diario que, en esta re escritura de Náufrago, ofició como mi Wilson), y salí otra vez a buscar mi tronco de árbol caído. Con pequeñas ramas dibujé las letras de mi grito: “Locked out. Help”. Con la esperanza de que alguien pasara en la noche y me despertara para abrirme la puerta, cerré los ojos. Un poco durmiendo y un poco volviéndome ese ser supersticioso que no soy, intentando atraer las energías que iban a hacer que alguien bajara de una vez por todas.
Nunca pude pegar un ojo. Estaba demasiado expuesto en ese lugar como para dormir. Entonces, decidí leer el diario. Leí consejos de una columnista que incentivaba regalarle dinero a tu empleada doméstica cuando llegara acción de gracias bajo el horrendo título Cleaning ladys want cash, not cashmere. Otra columnista hablaba de que la madrastra de sus hijos les había hecho sus disfraces para Halloween, y que ella no tenía ningún problema con eso. Había artículos sobre la reciente victoria de los Cubs, tiroteos e historias sobre Trump. Había un anuncio de dos hombres que ofrecían su servicio de limpieza profunda de casas, que leí en voz alta practicando para mi clase de Voiceover.
Y ahí esperé exactamente hasta las 5:52. Exactamente cuatro horas y cincuenta y dos minutos, hasta que bajó el primer vecino. Todo lo que vio fue a un joven de mirada muerta, con una dureza casi psiquiátrica en los ojos, decir:
-You are my salvation. I am here since 1 am.
Y contestó:
-Oh my god. Are you kidding me?
-I wish I was.
-How did that happen?
Y conté toda la historia de la pizza.
-Oh, shit. Do you need anything?
-No. Thank you for being an early bird.
Y se rió. Pero creo que un poco necesitaba un abrazo. Creo que un poco necesitaba empezar a saltar de la alegría y cantar Go Cubs Go.
Pude entrar al apartamento a las seis de la mañana, y terminé de cenar a las seis y media. Dormí hasta la una y media de la tarde, y decidí cuando me levanté que esta experiencia desesperante tenía que ser transformada en una historia. Me convencí de que para algo tenía que servir, al menos para darme unas horas de hacer mi actividad favorita, jugar con palabras.
Pero otra cosa pasó a las seis y media de la mañana, tan pequeña como suceso pero tan enorme para el relato, y que me recuerda a los ladrones atrapados en la pizzería.  Cuando terminé la pizza que me había pedido, el elemento culpable de todo este sufrimiento, abrí el congelador para ver si me quedaba un poco de helado. No encontré helado, pero encontré una pizza congelada que podría haber puesto en el horno.


1 comentario:

  1. Marc Augé acuñó el concepto "no-lugar" para referirse a los lugares de transitoriedad que no tienen suficiente importancia para ser considerados como "lugares". Son lugares antropológicos los históricos o los vitales, así como aquellos otros espacios en los que nos relacionamos.

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