Chicago, 7 de octubre de 2016
Hoy hice stand-up en Chicago y en otro idioma por primera vez. Había tomado la decisión de alejarme por un tiempo, y todavía no entiendo por qué. En realidad, si tengo que ser sincero, no había tomado ninguna decisión. Había dejado que el miedo se apropiara otra vez de mí, que me hiciera desconfiar de mi yo comediante una vez más. Dejé que el miedo metiera en mi cabeza la idea estúpida de que no se puede ser gracioso en otro idioma, de que intentarlo no era la única forma de probar lo contrario.
Pero en mi clase de stand-up del jueves, Mary Kelly me invitó a subir al escenario. Había un Open Mic en un lugar de Bucktown llamado The Gallery Cabaret. Para los no conocedores de la comedia, un micrófono abierto es un formato donde cualquier persona puede anotarse y subir. Es lo que los cómicos que están arrancando utilizan acá para subir al escenario, y lo que los grandes cómicos como Louis CK y Tig Notaro utilizan para probar sus nuevos chistes frente a un público.
La cuestión es que me di cuenta de que, sin saberlo, Mary me estaba invitando a combatir mi miedo de la única forma posible, y no pude decir que no a esa invitación.
Llegamos a las seis de la tarde para inscribirnos y esperar nuestro turno. La sala estaba llena de comediantes, y había no más de diez mortales que iban solamente a ver el show. Debe ser una de las actividades más difíciles para el comediante actuar para otros comediantes. Se respira esa atmósfera de constante análisis de identidades en escena y estructuras de chiste y manejo de energía y precisión de la escritura y muchas “y” más que lo dejan a uno en el estado más grande de desesperación.
Mi lugar era el octavo, y cada uno tenía cinco minutos. Empecé a ver el show tal vez demasiado relajado, porque había ensayado muchísimo y sabía qué era lo que iba a hacer. Así vi a los primeros cinco comediantes, y todo cambió cuando subió el sexto y el presentador se me acercó para preguntarme cómo se pronunciaba mi apellido.
Las manos me empezaron a temblar y empecé a hacer mis ejercicios de calentamiento, que solo lograron agitarme más de lo que deberían. Empecé a arrepentirme de haber estado tan alejado del escenario, porque de repente estaba en un viaje temporal hacia el 1 de agosto de 2012, el único día en que recordaba haber sentido esa misma sensación. Esto fue en la sala Undermovie del Montevideo Shopping, cuando mi generación de Club de Comedia terminó su curso de Stand Up y subimos al escenario para dar show de muestra. Recuerdo que ese día hice caras espantosas en el escenario porque los nervios se me fueron a las mandíbulas (probablemente nunca un show me haya despertado una sensación tan profunda de amor y odio al mismo tiempo). Y ahí me di cuenta de que no sabía si estaba volviendo a la cancha, o si estaba entrando por primera vez.
![]() |
| Sí, también estaba obeso. Mi amiga Emi vio esta foto y dijo "Es Gregorio Samsa". |
La diferencia entre estos nervios y los nervios normales, es que los segundos se van en el momento en que uno sube. Nunca me pude explicar por qué, pero creo que es por esa condición del escenario como interruptor que apaga todo lo otro. Nunca me encontré en un escenario pensando en algo que no fuera el presente, incluso en los momentos de mi vida donde lo que estaba abajo era demasiado fuerte como para no estar pensándolo. En realidad, debo confesar, sí me pasó una vez cuando mi padre le mandó un tuit a Marcelo Tinelli gritando injusticia por la partida de Vito Saravia del Bailando por un Sueño y decidí hacer un chiste sobre eso y después no pude concentrarme en nada más que pensar en que todo twitter se estaba burlando sin escrúpulos de mi padre. Debo defenderlo y decir que entiendo que quiere mucho a Victoria, y que no era un simple cholulo mandando tuits a Tinelli. Pero también debo decir que comprendo que todos pensáramos lo contrario.
Volviendo a yankeelandia, mis nervios me hicieron subir al escenario emanando una energía extraña, tal vez incómoda. Creo que el Stand Up es el más difícil de los caminos que he intentado, porque uno se enfrenta al público como uno. Por cómo pone en juego, y en uno muy arriesgado, a la propia subjetividad. Viví en esos quince segundos la peor sensación que puede sentir un comediante, y es el sentir que el público se decepciona de tu propia presencia.
Porque el comediante es el chofer del viaje y el público son los pasajeros. Y si el chofer siente miedo, el público solo va a poder sentir que no está en buenas manos. Mi cuerpo les decía que yo no podía ser gracioso, y ellos decidieron creerlo. Esa sensación cambió rotundamente a los quince o veinte segundos, cuando llegué al remate de mi primer chiste:
Here people confuse race with nationality. I was filling a form the other day and I had to choose my race and you had caucasian, which was what I went for, and then african-american and other races but there was one that I thought was great: hispanic. That is stupid, I won’t define myself from your perspective. You guys should start calling things by their names. Hispanic is not a race, it is an illness.
Un erudito de la comedia sabría que esto es un chiste por cambio de sentido. Pero en este caso, diría, es un chiste por doble cambio de sentido. Porque no solo era esa la estructura del chiste, también generó un cambio de sentido el hecho de que de repente dijera algo gracioso cuando todo lo que les estaba comunicando hasta el momento era que no podía hacerlo. Mi público de comediantes yankees decidió reir muy efusivamente con ese chiste, y me perdonaron la energía incómoda del principio, y ahora eran pasajeros que estaban dispuestos a viajar en mi ómnibus. Seguí contando un poco de mi vida en Estados Unidos, y de las cosas que extrañaba del Uruguay, e hice mis imitaciones de comediantes yankees haciendo cosas, y hablé un poco sobre nuestra dictadura.
Y cada chiste funcionó mejor que el anterior, y no porque cada chiste fuera mejor que el anterior, sino porque ese es el efecto que se logra cuando el comediante logra comunicarse con su público. Esa siempre ha sido mi estrategia cuando caigo en la cuenta de que estoy en la más profunda desconexión, que estoy diciendo mis chistes de memoria y que por eso no están funcionando: dedicarme a mirar a cada espectador a los ojos, porque esa es la única forma en la que logro estar contando algo.
Terminé y me di cuenta que no sabía qué se usaba para despedirse en vez de “Buenas noches, muchas gracias”, y entonces solo dije Thank you very much y bajé. Y uno de los comediantes que había subido se acercó para decirme You destroyed it, men. Y Mary Kelly me dijo you killed it. Y muchos otros vinieron a felicitarme después del show. Mi profesor -que era el pianista del show- me dijo que estaba muy orgulloso de lo que había hecho, y que no me olvidara que hacer reír a comediantes es lo más difícil.
Tal vez sea estúpido publicar las felicitaciones que uno recibe, sobre todo cuando uno tiene conciencia de su propio narcisismo (que, déjenme decirles, siempre va a ser enorme en los comediantes) y sabe que debería ocultarlo. Pero me veo en la obligación de ser sincero y decir que ayer fui un buen comediante, porque vivo diciendo que me caen bien las personas que pueden reconocer que son buenas para ciertas cosas.
Creo que lo que quiero decir con todo esto es cuidado con el amor y con el miedo. Porque aprendimos que el amor nos puede destrozar, pero no aprendimos que el miedo es otra forma de amor. Solo quiere cuidarnos porque cree que lo sabe todo, pero no sabe algo, y es que nosotros sabemos mucho más que él. Ayer vencí un enorme miedo y, puf, no saben todo lo que eso significa.




No hay comentarios:
Publicar un comentario