Lugar inestable, 17 de octubre de 2016
Todos juegan a las cartas, pero yo estoy solo. Incluso las ventanas juegan y cambian las imágenes a su antojo. Muestran cosas bellas y luego las dejan atrás, porque estas ventanas han entendido lo fundamental de la belleza.
El ruido se vuelve insoportable cuando alguien decide pasar de un vagón a otro, y después como si uno viviera en la paz de un útero otra vez (esta es la mejor imágen que se me ocurrió, y siguiendo la analogía, los caminantes del tren serían ese cirujano con fórceps que está del otro lado). Hecho curioso: el recuerdo del útero es el motivo por el que los bebés se duermen más fácil en los autos. Hecho curioso dos: las uvas en Estados Unidos no tienen semillas (ni siquiera sé qué tiene que ver con lo otro).
Me cae bien la gente que prefiere viajar por tierra cuando tiene el tiempo para hacerlo. Porque las alturas no permiten descubrir demasiado. Desde que salí de New Orleans, descubrí que acá existen lugares que nunca hubiera imaginado. Fraile Muerto existe en Estados Unidos, solo que acá tiene un Mcdonald’s en el medio.
La cuestión es que a la noche, tuve que abandonar las letras de Mario Levrero para conseguir un té. El aire acondicionado me estaba matando lentamente. Antes fui al baño y, no se por qué, cuando salí empecé a pensar que todo era una película. Así que, en mi camino al vagón-cantina, subí las escaleras esforzándome por actuar bien (a veces hago eso, ¿estoy mal de la cabeza?)
-Can I get a cup of tea?
-A what?
-Tea.
Un jóven que estaba al lado acompañado por su novia, interrumpió: “He wants tea”. Y el mozo empezó a preparar una taza. Sinceramente, sigo sin entender cómo se puede lograr pronunciar de forma incorrecta la palabra “tea”. Pero parece que lo logré.
Jason y su novia Casie se presentaron. Me senté con ellos en la mesa durante unos segundos, también se dirigían a Chicago. Un tatuaje que tenía Jason me dio ganas de volver a mi cuaderno. Me hizo entender que somos un gran masa que camina hacia el mismo lugar. En ese tatuaje estaba mi filosofía, esos pensamientos que preocupan a mi padre por sus cualidades ligeramente suicidas, pero que nada tienen que ver con eso: Life is about trying not to live forever (La vida se trata de no intentar vivir para siempre).
Es que esa siempre fue mi teoría. Esa dicotomía entre el amor más profundo por vivir la vida y el deseo de haber muerto a los dieciséis, cuando uno era una promesa de algo que iba a crecer en las imaginaciones de los otros. Decidimos continuar con nuestra vida, porque hay algo demasiado atractivo en vivirla, diría que la necesidad de saber qué pasa después todo el tiempo. Pero con esa decisión, también aceptamos la decepción a cada segundo. Sin adjudicar a la decepción una connotación negativa, aceptamos que decepcionamos y que nos decepcionamos. Y en el fondo, sabemos que hubiera sido mejor morir siendo esas expectativas.
Papá, si estás leyendo esto te juro que no me voy a suicidar. De todos modos, te recuerdo que el seguro de viaje que contrataste cubre “repatriación funeraria”. Por otro lado, siempre hablando en términos hipotéticos, no quiero que mi velorio se transforme en una fiesta de militantes políticos que no conozco. Agradecería que ésta vez no te acompañen en el sentimiento. Es mi velorio, let’s keep it about me (sí, me agarré la adicción insoportable de mechar expresiones en inglés. Es más, a veces ni siquiera me salen en español).
Mamá, por favor no me velen en Luis Moro. Sé que queda a dos cuadras de casa y que todos los velorios de los Lovesios fueron ahí, pero a mis amigos siempre les embola “ir hasta Sayago” y esta podría no ser la excepción. Lo más apropiado sería Martinelli, solo porque contiene la primera parte del nombre y el apellido entero de mi conductor favorito de la televisión argentina cuando estoy borracho.
Nico, no te sientas culpable por esa pequeña felicidad que acompaña a tu tristeza. Yo también siempre quise tener un cuarto para mi solo.
Paula, sé que esta muerte te afecta a vos más que a nadie, no se por qué. Por eso, sugiero que lo exorcices dedicándome tu segunda dramaturgia llamada “Hasta que murió en un tren: la vida de mi hermano”, donde quede evidenciado que soy una persona extremadamente graciosa en mi vida privada y así la gente pueda entender por qué carajo soy un comediante. Se me ocurre que en la obra mi personaje podría no tenerle miedo a las aves. Porque los verdaderos artistas no escriben biografía, sino ficción.
Emilia, entiendo que a los cinco años esto pueda ser muy confuso. Pero yo cerca de tu edad tuve que procesar el hecho de que mi bisabuela muriera tragicómicamente atragantada con una frutilla. Deal with it.
Flo, la respuesta es sí. Podés cantar Hay un lugar de Casi Ángeles en el velorio. Es más, te pediría que lo hagas.
Otra cosa, a quien corresponda. Creo que un cajón normal no es lo suficientemente yo. Opino que mi cadáver debería estar sentado en un sillón tapado con mi manta naranja de polar mientras se reproduce Frances Ha en loop en Netflix, porque eso representaría un día feliz en mi vida. Estoy hablando en serio.
Sobre mis cenizas, en caso de que Sarah Silverman no acceda a fumarlas mezcladas con marihuana (una variante de lo que, por algún motivo que juro no es la experiencia, se llama “un nevado”), tirenlas en la pista del hipódromo de Maroñas, donde yo tiré las de mi abuelo a los ocho años desde un sobre manila (Papá, si te parece que estoy mal de la cabeza por escribir esto, dejame decirte que este episodio puede haber sido el posible disparador de mi posible locura). Mi abuelo tenía demasiada clase para terminar en un sobre manila, pero cuando uno muere los otros hacen lo que quieren. Que no pase eso conmigo es el objetivo de estas líneas.
En mi caso, sugiero como recipiente una bolsa de pan rallado, porque sería ligeramente gracioso. De todas formas, no están autorizados a reírse. Acabo de morir, lo único que me deben es sentirse destrozados.
Pero la pregunta es qué hago en un tren. Vuelvo a Chicago desde New Orleans. “Tenés que correrte del lugar infantil de cruzar al otro lado del país solo para ver a tu ídolo”, me dijo mi psicóloga, y yo le pago para contradecirla, así que decidí asistir al show que Sarah Silverman iba a dar en el Hell Yes Fest.
Sentí una especie de conexión entre la ciudad de New Orleans y mi constante sueño cinematográfico. Porque es una de esas ciudades que permiten pensar en imágenes, y que las acompañan con bandas sonoras. El jazz suena en las calles del French Quarter a toda hora, y esa es la banda sonora perfecta para mí película donde un comediante uruguayo de poca monta viaja a una ciudad extraña para ver a su comediante favorita. Ella lo mira en el escenario y descubre que tienen que ser mejores amigos para siempre.
Llegué al Saenger Theatre 45 minutos antes de la función, contemplando un escenario vacío desde la primera fila. No podía creer que no fuera un sueño, a ocho metros de mí iba a estar probablemente una de las más grandes razones por la que decidí ser un comediante, la persona que me enseñó cuál es el poder el humor (diría que para cambiar el mundo, pero le estaría robando a Gustaf la frase que él le robó a Patch Adams). Mirando a Sarah Silverman entendí una de las lecciones más importantes sobre la comedia: que la voz del cómico es necesariamente difusa. Que a veces solo se puede defender un discurso diciendo lo contrario.
Me veo obligado a contar que fui a mear tres veces en ese tiempo, con el objetivo de que nada se interpusiera en el camino de mi disfrute. Cuando salió a escena, sentí una especie de taquicardia, y se repetía en mi cabeza una idea demasiado ridícula: “es una persona real!”.
Y si soy sincero, no puedo escribir sobre esto porque nunca podría transmitir la intensidad de mis emociones. Tiendo a pensar que lo único que puede describirlo es la caminata nocturna de dos horas que tuve que hacer después del show, intentando procesar mi mente partida en ocho mil pedazos.
Solo voy a decir que taché algo de mi lista y que Sarah Silverman es genial en cualquier lugar, pero nunca iba a imaginar lo mejor que es en vivo. Solo voy a decir que me reí con toda la culpa del mundo (que es mi risa favorita) y que pocas veces vi presencias tan fuertes en el escenario. Que los comediantes más interesantes son esos que emanan esa energía llena de historias. Que tal vez haya gente que podía dedicarse a otra cosa, pero hay otros que simplemente tienen que hacer lo que están destinados a hacer.
Solo voy a decir que probablemente este sea el peor final del universo, pero el vagón-cantina está a punto de cerrar y necesito una hamburguesa.





No soy familiar pero me gustaria presenciar ese funeral divertido... aunque me parece que caigo primero yo.
ResponderEliminarRe divertido pasar por acá
Me parece egoísta de tu parte que quieras ser el único centro de atención en tu velorio y no invites algún cómico para actuar o a tu padre para contar alguna anécdota.
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